
Personas y experiencias me fueron ayudando a ver esto y me enseñaron a ver las cosas con perspectiva y a aceptar y abrazar lo que no conociera por completo (lo incierto). Aprendí a moverme en incertidumbre y a gestionar y tomar decisiones, sabiendo que bien podía acertar o equivocarme en lo que definiese. Pero con la certeza de que lo que haría la diferencia sería el mindset que tuviese al respecto: podría vivirlo como un acierto, un fracaso o una enseñanza.
Me di cuenta que pasarse la vida viviendo desde las expectativas puede resultar tremendamente caro, complejo y doloroso. Cuando dejo de creer que si hago una esmerada planificación el resultado del proyecto necesariamente tiene que ser exitoso, o que si los miembros de mi equipo de trabajo que, a mis ojos, me conocen tan bien y, por lo tanto, deben saber lo que espero de ellos o como quiero que se ejecute un trabajo o que si hablo con un proveedor espero que él sepa distinguir lo urgente de lo importante y actúe en base a como yo creo que transmití un mensaje.
Si dejamos de lado todo eso y aceptamos la posibilidad de que, habrá ocasiones, en que por más que nos esmeremos, no siempre el resultado va a ir de la mano de nuestro esfuerzo o no obtendremos el reconocimiento esperado, o que habrá ocasiones en que las personas con las que trabajamos podrán ser más o menos asertivas en algunos momentos (incluyéndonos) y de seguro existirá más de una vez en la que los proveedores se confundirán y obviarán algún detalle y quizás no llegarán a tiempo a una implementación, pero no por ello dejan de ser socios estratégicos o un pilares importantes en nuestra gestión.
Cuando dejamos por un momento el pensamiento tan sistémico, de blancos y negros absolutos y abrimos la mirada a una gama de grises podemos incluso llegar a ver en colores. Esa falta de certezas y de suposiciones a medias nos facilitan el pasarlo mucho mejor. Cuando nos sentimos bien con el trabajo que estamos haciendo o desde dónde nos estamos relacionando con otros, por rebalse, contagiamos ese entusiasmo a los que nos rodean, e incluso podemos llegar a ayudar a otros a bajarlos a tierra e invitarlos a ampliar sus miradas y abandonar las expectativas, con la única certeza de que al final cada uno de nosotros es responsable como quiere sentirse.
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